3 de junio de 2026
Más allá de la ciudad: la costa mediterránea como segunda residencia
A una hora de Barcelona, la costa cambia de registro. Una mirada a la Costa Brava y las Islas Baleares -sus paisajes protegidos y su carácter tranquilo- para quien sopesa una segunda residencia junto al mar.

Una casa en la ciudad y otra en la costa responden a necesidades distintas. Barcelona es la capital de trabajo de Cataluña; la costa, a una o dos horas, es donde cambia el ritmo. Para muchas de las personas con las que trabajamos, es precisamente la combinación de ambas lo que buscan: una base en la ciudad y un lugar junto al mar al que volver.
La Costa Brava
La Costa Brava es el litoral de la provincia de Girona, que sube desde Blanes -a unos sesenta kilómetros de Barcelona- hasta la frontera francesa. El nombre, “costa agreste”, lo acuñó el escritor Ferran Agulló en 1908, y aún encaja: unos doscientos kilómetros de acantilados, pinares que bajan hasta el agua y pequeñas calas escondidas entre puntas.
Es un paisaje que se ha protegido desde hace tiempo. El Parque Natural de Cap de Creus, en la costa cerca de Cadaqués, se creó en 1998 como el primer parque natural marítimo-terrestre de Cataluña. La zona es además tierra de Dalí: la Fundación Gala-Salvador Dalí conserva su casa de Portlligat, cerca de Cadaqués, el Teatro-Museo que levantó en Figueres en 1974 y el castillo de Púbol, los tres vértices de lo que oficialmente se llama el Triángulo Daliniano.
Las Islas Baleares
Mar adentro, las cuatro islas principales de Baleares conservan cada una su carácter. Mallorca es la mayor y más variada; su costa noroeste, la Serra de Tramuntana, se inscribió en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2011 como paisaje cultural, por las terrazas, los muros de piedra seca y los antiguos sistemas de agua que siglos de trabajo labraron en la montaña.
Menorca es Reserva de la Biosfera de la UNESCO desde 1993, reconocida por el equilibrio que ha mantenido entre actividad y territorio. Ibiza tiene su propia inscripción como Patrimonio Mundial, “Biodiversidad y Cultura”, de 1999, que abarca su casco antiguo amurallado y las praderas marinas frente a la costa. Y Formentera, la más pequeña, no tiene aeropuerto: se llega solo por mar, en un ferry corto desde Ibiza, y en eso reside buena parte de su calma.
Elegir una costa
Una segunda residencia es una decisión distinta de la primera. El acceso, la temporada y el carácter de un lugar pesan más que los metros cuadrados. Buena parte de lo que da valor a estas costas -los parques protegidos, las figuras de las islas- es precisamente lo que no se puede volver a construir. Conviene entenderlo antes de elegir dónde mirar.
Si una casa junto al mar forma parte de lo que sopesa, será un placer ayudarle a leer las opciones.